viernes, 18 de julio de 2014

Contra el dolor

Fabriqué un arma contra la angustia y el miedo. Repasé en silencio las tramas de algunas novelas. Me las conté como si otra persona las hubiera leído y se las contara a un desconocido. Recordé en un flamazo mis años universitarios.

Desperté en un camastro bajo sábanas calientes, una mascarilla de oxígeno en la cara y la tristeza anestésica de que esa nube no era un sueño. Cuando el sueño dura suficiente para perturbarnos, se llama realidad. Un ajetreo de afanadores y médicos, camillas y enfermeras. No tenía dolor. Encontré un sobre a mí lado. Lo abrí sin saber y leí lo que decía, recuerdo algunas palabras, las necesarias: carcinoma de vejiga, dos tumores de .8 milímetros, biopsia. Nadie supo que lloré en la camilla, despacio, en silencio mientras el oxígeno de la mascarilla me regresaba a ese lugar del que intenté escapar en los últimos días. Me había mudado a un mundo raro, el mundo de la enfermedad.
Tres días en el hospital, una eternidad. Una sonda metida en el pito desembocaba en una bolsa por la cual manaban restos de la sangre de la intervención, orina, una corriente, río rojo. Visitas y más visitas, voces de ánimo y una voz interior: voy a morirme. Pedí Tafil casero para dormir. Una familia, una red protectora; amigos, un respaldo. Las noches de esos días postoperatorios dormí poco y mal. Las enfermeras te despiertan si duermes y desaparecen si estás despierto. A las cinco y media de la mañana vi el amanecer desde mi cama de canceroso sobre la Ciudad de México. Un horizonte rojizo y azul sobre una nube sucia de humos venenosos me aliviaba de la oscuridad, pero le abría la puerta a la tristeza.
Una de esas tres noches fabriqué un arma contra la angustia y el miedo. Repasé en silencio las tramas de  algunas de las novelas que marcaron mi vida de lector. Me las conté como si otra persona las hubiera leído y se las contara a un desconocido. Las ilusiones perdidas de Balzac; El rojo y el negro de Stendhal;Por el camino de Swann de Proust. Sí, desde luego Madame BovaryLos miserables de Hugo.
Recordé en un flamazo mis años universitarios en la carrera de Letras Francesas. La sombra del fracaso enquistada en el alma durante ese tiempo donde todo estaba por encima de mí. Soy un expulsado, pensé, el mundo me expulsa. Raro que no trajera poemas a la noche sino tramas narrativas; los buenos lectores saben poemas de memoria y yo sé pocos, por eso no los llamé en la oscuridad.
Ficción y realidad. Cuando se pasa esa frontera, a uno u otro lado, todo puede ocurrir. Esa misma noche, después de las tramas que reproduje en mi mente de forma desordenada, me acordé que en agosto de 1850, Víctor Hugo tomó un coche y le ordenó al chofer que se dirigiera a la calle Fortunée, domicilio conocido de la última casa donde vivió Honoré de Balzac. El novelista se consumía en los dolores de una enfermedad a la que combatieron sin esperanza cuatro médicos durante tres meses. Primero fue el corazón, luego una peritonitis, más tarde una flebitis y por último la gangrena en una pierna. Los médicos habían recurrido a sangrarle el vientre en un último esfuerzo por curarlo, pero ese día de agosto decidieron renunciar y entregar a la muerte el cuerpo de 51 años del novelista mayor de Francia.
Hugo tocó dos veces en el portón. Una mujer lo acompañó por el corredor que conducía a uno de los salones:
—Se está muriendo —le dijo.
—Los médicos lo abandonaron desde ayer. Esta mañana un cura le dio la extremaunción.
En el salón en tinieblas, apenas iluminado por una bujía, Hugo vio el busto de mármol de Balzac, los cuadros de Pourbus y Holbein. Laure de Surville, la hermana del enfermo, le confirmó lo que le había dicho la sirvienta y lo llevó por el corredor, hasta las escaleras, para subir a la habitación del moribundo.
Unos días antes de esa noche final, tendido en la cama de muerte, Balzac le ordenó a su hermana, Laure de Surville: “Traigan a Bianchon, él puede curarme”. El doctor Horace Bianchon nunca llegó; no encontró la salida de ninguna de las veintinueve novelas balzacianas en las que apareció como una marca de agua. Por esta estricta razón, Horace Bianchon no pudo salvarle la vida a Balzac, su creador.  No era la primera vez que el poder fabulador del Emperador de la Novela confundía la realidad y la ficción; en París se había hecho famosa su fórmula a favor de la fábula, cuando se hablaba de la vida francesa y la conversación se atoraba en vueltas contradictorias, Balzac decía: “Volvamos a la realidad, hablemos de Eugenie Grandet”. Bien pensado todos tenemos una cita imposible con Bianchon. Por cierto, Carlos Puig sabe que he gastado esta anécdota hasta convertirla en polvo, un polvo no enamorado como quiso el poeta Quevedo, sino el aserrín triste del recuerdo.
rafael.perezgay@milenio.com

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