viernes, 8 de agosto de 2014

Pedazos de rutina

A donde volteo alguien prepara unas vacaciones y limpia el óxido de la rutina del filo de su vida diaria. Empiezo a sentirme como cuando me quedaba solo a la hora de la salida de la escuela en el patio de la escuela y mi madre, para quien el tiempo no importaba, llegaba tardísimo a recogerme para llevarme a casa. A la soledad la acompañaba una ansiedad cercana a la desesperación. Veo en la televisión que las figuras cotidianas desaparecen, en los diarios los columnistas escriben últimas letras antes de tomarse una vacaciones, los maestros hace rato que dejaron las aulas, mis hijos duermen en cuevas oscuras que, dicen ellos, son sus cuartos. Como decían Los Hitters: “Ahora estoy solo”, la versión en español del clásico de Tommy James & The Shondells que escuchamos muchas veces en la vida  con el clásico de clásicos: “I Think we’re alone now”.
Leo en el estudio de Alex Corbin, gran historiador francés de la vida cotidiana, que la idea de las vacaciones inició en el siglo XVIII en un lugar llamado Bath, muy cerca de Bristol. En ese balneario, las personas asistían a curarse de enfermedades del corazón, del alma, del cuerpo y de la mente. A la aristocracia británica le pareció que las aguas termales de finales de 1700 servirían también para reposar. Así se inició la idea de las vacaciones, ese lugar fuera de la casa donde se puede descansar. Fue un éxito. El primer lugar de Europa donde se replicó esa historia fue, precisamente, en la ciudad de Spa, Bélgica. El balneario se convirtió en una casa de campo con salones de lectura, de masajes, de juego, grandes estancias con gabinetes para fumadores, espacios para conversar, lugares para socializar y mostrar algo de la intimidad de la época. El tiempo libre se había transformado para siempre.
El mar frío y la arena caliente, acompañados por el sol, colaboraron a una revolución de la vida cotidiana. Los salones se trasladaron a la playa en carpas. En ellas, los hombres y las mujeres mostraban las rodillas y los brazos al desnudo. La sensualidad había cambiado pues en la playa de principios del siglo XIX se hizo posible el reposo y el erotismo. Así se inició la idea de las vacaciones.
Mi madre nunca leyó a Corbin. He escrito en otra página que cuando salí de vacaciones con amigos, me dio tantos consejos y tantas recomendaciones que cuando vi el mar por primera vez en mi vida, pensé que miraba el origen de todos los males. Para  mi madre, el mar era no sólo peligroso sino traicionero, infame, indigno. Si mi madre hubiera dado órdenes para la creación del mundo, ella habría suspendido el mar. No miento. Si bebes una cerveza y te metes al mar, mueres de inmediato. Si en tu infinita soberbia pretendes romper olas, olvídate de tu porvenir. Sólo mueren en el mar los que saben nadar, decía mi madre con un gesto de dolor y odio. Sí, mi madre odiaba el mar.
Desde entonces camino a la orilla de la playa en días radiantes con recelo pues pienso que mi madre tuvo razón y que lo que vemos no es el gran espectáculo del mundo, sino la infinita fortaleza de un gran traidor sin alma, capaz de devorar a las mejores personas el mundo.
Viajé a la bahía de Acapulco en el año de 1975 en un camión Estrella de Oro, lo mejor de los mejor en esos tiempos. Mi amigo Luis Franco y yo lo perdimos pues teníamos dificultades para entender que las 23:45 significaba cuarto para las doce. No responderé nada al respecto. Obtener los nuevos boletos costó un dinero que echamos en falta el resto de nuestras vacaciones. Una vez instalados en unas cabañas de palos con camas de campaña, según mi amigo el hotel era de tres estrellas, salimos a caminar por la noche de la Costera con el ruido del mar a nuestro lado y una luna entera sobre la playa. A mí me parecía hermoso pero, al mismo tiempo, un espectáculo siniestro. Qué le voy a hacer, mi madre era una mujer precavida. No doy por hecho que ella estuviera equivocada. Todos se van de vacaciones y me siento como en el patio de la escuela, solo, no cuento con nadie para una emergencia.

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