martes, 2 de febrero de 2016

Al borde del precipicio


enero 31, 2016 

El pasillo del supermercado donde antes había latas de conserva importadas, paquetes de jamones serranos españoles, aceites de oliva de fragancias mediterráneas y mil maravillas más, ha desaparecido.
Ahora, se venden productos sin azúcar, sin gluten, sin calorías, sin restos de nueces, hipoalergénicos, y en general sin sabor.
¿A qué hora nos volvimos así? Alérgicos a todo. Incluso a la vida misma. He visto a muchas de las mejores mentes de mi generación (como decía Allen Ginsberg) renunciando a sus mejores sueños y cambiándolos por pagos a doce meses sin intereses y gimnasio matutino para hacer “pecho, hombros y espalda”; bebiendo jugos de un verde imposible o de plano, agua vil y vulgar, pero traída desde las islas Fiji.
¡Háganme el cabrón favor!
El culto al cuerpo se ha enseñoreado de nuestras vidas (de las de ellos) y han olvidado el culto del espíritu, de la justicia y del bien común.
Pero es en el recinto sagrado de la comida, que no significa ni más ni menos que civilización y cultura, donde veo que todos los días hay más bajas.
Nunca me he visto a mí mismo como un idealista trágico. Esos, que llevando sus convicciones como una bandera singular al límite, son capaces incluso de ofrendar la vida por la causa que consideran justa.
Más bien, un cobardón que ama la vida y que piensa que su trinchera está donde estén las palabras y en la forja de comunidad alrededor de su embrujo.
Y sin embargo, las circunstancias actuales me están empujando, igual que hacia un abismo, a la posibilidad que acabe siendo ese idealista trágico que no quiero ser.
Me explico.
La Organización Mundial de la Salud (OMS), anunció que los embutidos tienen un contenido cancerígeno letal; casi equivalente a chupar durante días una pila de plutonio (enriquecido, sin duda).
Ya me habían prevenido, macabramente, contra el azúcar, el alcohol, el tabaco, el colesterol de los huevos, la radicación que emiten ciertos pescados (que deberían ser fosforescentes), los triglicéridos que campean alegremente en carnes rojas, el ácido úrico provocado por camarones y mariscos en general.
Sí toman en cuenta que han aparecido por millares, aquellos que son intolerantes a la lactosa (adiós quesos y malteadas), al gluten (fue un placer, panes y pasteles), resulta que yo corro el riesgo, por mi llamado “estilo de vida” a sumarme a sus filas.
Todo ello acrecentado por la campaña de los camaradas veganos que apela a la piedad para con pavos, cerdos, vacas, gallinas y hasta cocodrilos, y que resulta en que no debería comer nada o casi nada.
Bueno, no han descubierto todavía el mal que seguramente se esconde en frutas y verduras. Pero, con la pena, me rehúso a comer tan sólo lo que yo llamo la comida de la comida.
Vengo del siglo pasado, y estas cosas no pasaban. Y sí pasaban no sonaban tan apocalípticas como hoy suenan, a todo volumen, advirtiéndonos que vivir te acabará matando.
Y no quiero, por ningún motivo, despertar todas las mañanas para ver los nuevos informes de la OMS que señalarán, sin duda, nuevos y más poderosos venenos escondidos en lo que comemos todos los días.
Es más. No quiero dejar un cadáver saludable. Quiero dejar uno todo jodido, repleto de triglicéridos y ácidos úricos que den cuenta de lo maravillosamente bien que me lo pasé en ésta vida.
Porque resulta que en mi caso, por lo menos, la comida está permanentemente asociada a mi educación sentimental. Y esas tortas de queso de puerco del cine Gloria, no contenían tan sólo una embarrada de frijoles y un par de rajas de chile verde; estaban llenas de gloriosos sueños donde Tarzán, encarnado por Johnny Weissmuller (héroe mítico y cercano a pesar de ser casi vegetariano, que en su caso se perdona) gritaba a voz en cuello desde la pantalla para advertirnos que la libertad era alcanzable y que se encontraba a tan sólo un par de lianas de distancia.
Hoy, esas tortas han desaparecido, pero no su recuerdo. Se han desvanecido con el paso del tiempo tantas cosas que en su momento eran absolutamente gratificantes, que ni siquiera me pondré a pensar en ellas; vienen solas de tarde en tarde para advertirme que no debo olvidarlas. Y me congratulo de saber que todos los días encuentro nuevos motivos para el asombro y la sorpresa.
He sobrevivido al agua reciclada que bebí cientos de veces de las mangueras con las que regaban el Parque México, los tacos de canasta bicicleteros envueltos en misterioso plástico azul, los huevos duros del estadio de futbol, los “chitos”, esa carne misteriosa que todo mundo dice que es de burro pero que yo creo tiene orígenes incluso más macabros, los refrescos de insólito color rojo radiactivo, las quesadillas azules hechas en una esquina y llenas de sabor y polvo a partes iguales, a las paletas de grosella sin grosella del carrito de la esquina, las jícamas llenas de chile piquín y que eran lavadas con aguas misteriosas salidas de un balde blanco que alguna vez alojó pintura acrílica, entre cientos de alimentos más que me han hecho ser quien soy. Y que hasta ahora, no me han matado.
Sí como dicen, somos lo que comemos, yo bien podría estar retratado gloriosamente en el bestiario fantástico de Borges llamado “Manual de zoología fantástica”. Y en el pie de grabado, como una suerte de contundente epitafio, diría en sólidos caracteres: A mucha honra…
No dejaré de comer huevos fritos, panes rebosantes de mantequilla, camarones, carnes rojas o blancas, quesos, tacos de carnitas de El abanico, jamones serranos, chorizos, salchichas, salamis ni cualquier otro embutido conocido o por conocer, manque a la larga me maten.
Sobre todo, en un país donde puedes morir en cualquier momento al salir de tu casa atropellado por un microbús, o rafagueado en medio de un enfrentamiento entre bandas rivales, o por el gobierno mismo, que al cabo, no deja de ser una más de las bandas.
Sí la ciencia encontró el mal, ahora le toca encontrar el remedio. No importa sí algunos como yo, devenimos en el camino en idealistas trágicos por negarnos a dejar de comer lo que nos gusta y lo que se nos antoja, haya o no advertencias de por medio. Ni por supuesto, viviendo como queremos y poniéndonos del lado de las causas que consideramos justas.
Y seguiremos, por igual, soñando en lo que creemos y aportando lo que podamos en la construcción de un mundo más justo, donde todos puedan comer lo que se les antoje, decir lo que quieran y actuar rebeldemente en consecuencia. Un mundo donde la noche vuelva a pertenecernos y las carreteras sean camino y no emboscada, para todos por igual.
Mientras, la frase de Ricardo Flores Magón, seguirá, luminosa, ondeando en el estandarte de nuestra casa: El abismo no nos detiene, el agua es más bella despeñándose.

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